fot?grafos portugueses



Wedding Photographer Spain Edward Olive Madrid Barcelona Andalucia

Excelente recuento del lado humano de la derrota sufrida por la Seleção brasileira aquel 16 de junio de 1950 que tuvo una víctima, Moacyr Barbosa. Habría que volver a cambiar la habitación de invitados, quitar la cama y poner una cuna, un cambiador… yo ya me veía levantándome de mala gana a las tres de la mañana para dar un biberón, debatiéndome entre la mala hostia que me da que me despierten cuando he cogido el sueño y ese ñoño instinto que da la paternidad. No recuerdo ni siquiera el trayecto hasta el hospital, pero difícilmente se me olvidará el color de la sangre empapando la ropa cuando las luces de la recepción nos iluminaron.

Pero, cuando por fin pude verla, mientras se recuperaba de la anestesia local y la sedación y me sonrió, me di cuenta de que todo lo demás me daba exactamente igual. Compré un anillo, porque era un loco que pensaba que a la tercera iba la vencida y siguiendo la tradición familiar lo hice en la joyería Suarez, como mi abuelo y mi padre. El hecho de que el aeropuerto se encontrara en una especie de isla artificial me sedujo.

Pero quise hacerlo a nuestra manera, en la que sería nuestra casa, Madrid y en un rincón que pudiéramos visitar a menudo, quizá con nuestros hijos en un futuro. Dejó que se lo pusiera en el dedo anular de la mano derecha, porque en la izquierda lucía la amatista que compré en Tiffany's para ella. Se había empecinado en hacerlo a su manera y yo… no pude enfadarme, porque me enamoraba esa manera suya de darle la espalda al mundo. Nos besamos y, susurrando sobre sus labios le dije que lo nuestro sería para siempre.

La gente era amable, aunque me encontré con algunos problemas para comunicarme; no todo el mundo entendía el inglés y lo comprendo, que conste. Iba con una guía de bolsillo de japonés para dummies” pero mi pronunciación era nefasta y solo conseguía que se rieran a mi costa. La primera noche dormí en una especie de hostal bastante delirante, en una litera de una habitación compartida.

Había escrito a Chris desde un cibercafé (lugar en el que, sorpresa, también podías dormir tirado en el suelo en un sillón reclinable) en cuanto llegué, pero preferí hacer un poco de turismo por mi cuenta antes de revisar si había respondido. Y él, que me conocía, me citó en un parque triangular, del que no recuerdo su nombre, para que nos viéramos en dos días, sabiendo como sabía que yo tardaría en revisar mi correo electrónico. Le pagaban bien y además seguía vendiendo fotos para diferentes publicaciones especializadas en viajes. Iba, además, subida a unas sandalias de tacón y envuelta en un vestido de noche.

Le habían contratado en una especie de agencia de fotografía que igual lo mandaba a fotografiar bodegones para anuncios de supermercado (que tampoco son como el catálogo del Carrefour, os lo aseguro) que a cubrir una sesión de fotos para una revista, pero estaba encantado. Esa noche dormí en su casa, en el suelo, en una especie de futón japonés que resultó ser mucho más cómodo de lo que pensaba.

Sin casa fija, de hostal en hostal, durmiendo a veces en esos cibercafés que he comentado antes, con la espalda reventada pero contento. Siempre había tenido la sensación de que las chicas japonesas eran muy tímidas, pero mi experiencia me hace señalar que hay de todo, como en todos los sitios. Sin embargo, no solía dejarme llevar demasiado; coqueteábamos, aprendíamos un par de palabras nuevas en japonés ( en el dialecto de Osaka, lo que se terciara) y después nos íbamos a la cama… solos. Y yo me decía a mí mismo que terminaría cansándome de todo y volviendo a cargar la mochila en mi espalda.

Bueno, al menos yo. Chris siempre se despedía de mí con una chica cogida de la cintura, con cara de enamorado, diciéndome que Japón era el paraíso. Chris dejó un recado para mí en la recepción del hostal en el que estaba hospedado aquella semana, diciendo que el día siguiente tenía una sesión de fotos a la que no podía acudir y pidiéndome que le supliera. Él necesitaba que yo le cubriera para que ese cliente siguiera llamándole cuando le hiciera falta un fotógrafo y a mí el dinero me venía muy bien.

Pasé por su casa por la tarde para decirle que no tenía ninguna experiencia en fotografía de ese tipo y que me horrorizaba la idea de quedar como un patán, pero él me dejó una de sus cámaras y un par de objetivos, me dijo que otra persona se encargaría de la iluminación y que lo único que tenía que hacer era fotografiar a una chica guapa. El estudio donde iban a hacerse las fotos era una especie de piso ultramoderno lleno de ventanales. La sorpresa llegó cuando, después de preguntarme de dónde era, me habló un poco en español.

No me entendía con el chico encargado de la iluminación porque su inglés era más menos como mi japonés. Empecé a dar vueltas por el piso en busca de un rincón decente en el que encuadrar las fotos y cuando aún no tenía ni idea de cómo salir de aquella, alguien me anunció que la modelo ya estaba lista. Ya estaba pensando en comprar unos billetes de vuelta a Europa a curarme de mi estrepitoso fracaso cuando la vi. Era pequeña, pero más alta de lo que esperaba. No sabría decir si la sesión fue tan desastrosa como me pareció, pero el resultado de las fotos no fue tan malo como imaginaba.